Infidelidades, desamor y la necesidad de despertar

Hay un momento en toda relación en el que el amor ya no puede sostenerse solo con promesas ni con recuerdos. Un instante en el que la imagen del otro empieza a despegarse de la fantasía inicial. Ahí, entre el desgaste de lo cotidiano y las fisuras no nombradas, se abre una grieta que no siempre se ve, pero se siente. A veces lo llamamos rutina. A veces lo disfrazamos de distancia. Otras veces se traduce directamente en una infidelidad.

Lo curioso es que, cuando esto ocurre, solemos mirar el hecho en sí como si fuese el centro del problema, sin darnos cuenta de que muchas veces es solo la expresión final de algo que lleva tiempo desmoronándose en silencio. La infidelidad no llega como un rayo que cae del cielo, sino como la consecuencia de una acumulación de ausencias, de palabras no dichas, de deseos no compartidos. No es tanto una decisión contra el otro, sino una salida —confusa y desordenada— a una situación donde nadie supo cómo seguir estando presente.

Y es que no nos han enseñado a mirar el amor como proceso, sino como promesa. Seguimos atrapados, en mayor o menor medida, en un ideal romántico que espera que el otro sea nuestro refugio, nuestro espejo y nuestra salvación. Cuando eso falla —porque siempre falla— aparece el desengaño. Entonces no amamos al otro tal como es, sino que lo culpamos por no haber cumplido el guion que nunca llegó a escribirse.

En este escenario, muchas personas eligen abrir la relación como si eso bastara para resolver el malestar. Pero lo que no se nombra en el vínculo cerrado, tampoco se resuelve en el vínculo abierto. El contrato emocional puede cambiar de forma, pero si no hay verdad, si no hay conciencia, lo que se multiplica no es la libertad, sino la fragmentación. Abrir la pareja a terceras personas sin abrir la conversación solo sirve para que los fantasmas circulen más rápido.

El problema no es la forma que adopta la relación, sino la dificultad para habitarla con presencia y con la valentía de profundizar en la experiencia amorosa. Vivimos tiempos de inmediatez, donde el sexo puede conseguirse con un par de clics, pero la intimidad —esa que requiere tiempo, coraje y desnudez real— escasea cada vez más. La paradoja es que nunca fue tan fácil conectar, y nunca fue tan difícil vincularse de verdad.

Por eso, cuando ocurre una infidelidad, no conviene preguntarse solamente qué ha hecho el otro, sino qué vida estábamos llevando justo antes de que ocurriera. Requiere asumir responsabilidad —ahora y antes— por la parte que nos corresponde: por no haber cuidado, por no haber estado, por habernos rendido al adormecimiento. ¿Qué parte de nosotros estaba ausente, anestesiada, dormida? ¿Cómo he contribuido yo a que esto suceda, a que hayamos llegado hasta aquí? A veces, el mayor desamor no es hacia el otro, sino hacia uno mismo.

En consulta, lo que más duele no es el engaño en sí, sino el darse cuenta de las propias miserias y de cómo las hemos ido volcando, día tras día, en un espacio, en un proyecto, que merecía ser cuidado. La experiencia amorosa requiere esfuerzo, creatividad, comunicación, intimidad, reconocimiento, pasión… Nada de eso surge solo ni de cualquier forma. Y es aquí donde la conciencia de haber contribuido al desastre avergüenza. Donde cada cual tiene que ser capaz de dejar de poner el foco en el otro y empezar a mirarse a sí mismo, da igual quién haya hecho qué, llegados a este punto. Por eso insisto siempre: pase lo que pase, sea lo que sea, la responsabilidad siempre es compartida.

El amor, para ser verdadero, necesita menos promesas y más conciencia. No se trata de mantener viva la llama a toda costa, sino de aprender a mirarnos con honestidad cuando el deseo cambia, cuando la admiración se apaga o cuando el miedo al conflicto nos vuelve pasivos. A veces, el acto más amoroso no es salvar la relación, sino tener el coraje de mirarla con verdad y transformarla.

Porque si el amor no nos abre los ojos, no es amor: es inercia, es apego, es necesidad. Amar bien no es tenerlo todo claro, sino atreverse a no dormirse en lo cómodo. Y a veces, eso implica soltar. Otras veces, quedarse. Pero en ambos casos, implica despertar.

Algunas lecturas básicas y una serie magistral:

Fromm, E. (1991). El arte de amar (R. M. López, Trad.). Barcelona: Paidós. (Obra original 1956)
— Un clásico humanista que considera el amor como un arte que se aprende y cultiva.
Beauvoir, S. de (1999). El segundo sexo (A. Bosch, Trad.). Madrid: Cátedra. (Obra original 1949)
— Una mirada feminista pionera sobre el rol de la mujer en el amor y la sexualidad.
Stendhal. (1998). Del amor (L. Sainz de Medrano, Trad.). Madrid: Espasa Calpe. (Obra original 1822)
— Una de las primeras psicologías del amor romántico: analiza la «cristalización» amorosa y sus efectos.
Schopenhauer, A. (2001). El amor, las mujeres y la muerte (A. Sánchez Pascual, Ed.). Barcelona: Tusquets.
— Reflexiones provocadoras y pesimistas sobre el amor, la voluntad de vivir y las pasiones humanas.
Bergman, I. (1973). Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap). Suecia: Sveriges Television.
— Un análisis crudo y profundo del deterioro amoroso.